Ruth recibe una llamada telefónica que desencadena en ella un ejercicio de memoria, un juego de trayectos; tiempo, espacio y sentimientos se entrecruzan.

Recorre, con la mirada puesta en su interior, las múltiples distancias que la atraviesan, mientras las capas del tiempo se superponen y los espacios se trastocan con el simple movimiento de su respiración. Tristezas, dolores, angustias, vida y muerte. Revisitarse es eso: abrir de cuajo viejas heridas para intentar sanarlas.

La relación entre una madre y su hija. La palabra que dice y calla. Una narradora que es mujer-niña. La pregunta por las raíces para descubrir quiénes somos. Las formas del silencio es una novela que indaga con precisión en eso que se arraiga en las profundidades del corazón humano y sus contradicciones.



Tengo que huir, tengo que correr velozmente y esconderme.

Me voy así de la banalidad del mundo, me reencuentro con el

dolor y no lo sufro. Lo agarro por la garganta y lo estrangulo.

Lo dejo inerte.

Después lo hago llegar hasta mi boca

y lo amaso con mi lengua entre los dientes.

Cuando puedo, lo escupo.

—¡Piedra libre! —le canto.

Y ya no duele.


Ruth recibe una llamada telefónica que desencadena en ella un ejercicio de memoria, un juego de trayectos; tiempo, espacio y sentimientos se entrecruzan.

Recorre, con la mirada puesta en su interior, las múltiples distancias que la atraviesan, mientras las capas del tiempo se superponen y los espacios se trastocan con el simple movimiento de su respiración. Tristezas, dolores, angustias, vida y muerte. Revisitarse es eso: abrir de cuajo viejas heridas para intentar sanarlas.

La relación entre una madre y su hija. La palabra que dice y calla. Una narradora que es mujer-niña. La pregunta por las raíces para descubrir quiénes somos. Las formas del silencio es una novela que indaga con precisión en eso que se arraiga en las profundidades del corazón humano y sus contradicciones.



Tengo que huir, tengo que correr velozmente y esconderme.

Me voy así de la banalidad del mundo, me reencuentro con el

dolor y no lo sufro. Lo agarro por la garganta y lo estrangulo.

Lo dejo inerte.

Después lo hago llegar hasta mi boca

y lo amaso con mi lengua entre los dientes.

Cuando puedo, lo escupo.

—¡Piedra libre! —le canto.

Y ya no duele.


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